Ningún lugar es seguro para las mujeres

Una nube de violencia se ha posado en nuestro país, una nube de violencia contra las mujeres. Cuando el profesor de contabilidad entregaba las calificaciones del parcial le faltaba Laura, preguntó por ella de forma insistente, ¿saben si piensa retirar la materia? Las chicas se miraban unas a otras, eran cómplices de un secreto a voces. Una voz tajante desde el fondo del aula afirmó: “No profesor, no la espere, Laura no vuelve”. Un silencio seco inundó el salón.

Como sociedad, la epidemia de feminicidios nos agarró desprevenidos. Los asesinatos por violencia contra las mujeres tienen el motor de demostrar el poder de un género sobre otro; los hombres que en una ocasión expresaron amarlas, no las lapidan para robarle, o por litigios de tierras, o por quedarse con los hijos, las matan por ser mujeres.

Las mujeres asesinadas por su pareja o ex pareja ya no son las otras, han salido de los diarios, han empezado a formar parte de la cotidianidad, han entrado a las aulas, al vecindario, a la familia.

La violencia contra las mujeres supera las muertes por dengue, y sus secuelas exceden las complicaciones del virus del Zika, entre ellas los casos de Guillain-Barré. Como sociedad hemos perdido la capacidad de asombro, no es de extrañarnos, en una sociedad donde ser corrupto es una destreza, una habilidad, cualquier conjetura es válida. Desde robar una pieza de museo hasta un avión es posible.

El asesinato a puñaladas de una niña de 14 por su novio de 17 años no cuestiona nuestro sistema de educación; la lapidación de una niña de 12 años por compañeros de la escuela tampoco.

Cientos de niñas entre diez y quince años embarazadas por violación no generan cambios en la atención del sistema de salud, en el sistema judicial. Las autoridades prefieren asumir el embarazo en niñas como secuela de la pobreza, como si las y los pobres hubiesen elegido vivir en condiciones de exclusión. Si juzgamos por las consecuencias, parecería que el incesto ha sido aprobado.

Para las mujeres ningún lugar es seguro. En el centro de la ciudad, camino al trabajo, en su casa, en casa de su madre, en casa de una amiga, en fin, cualquier lugar de esta media isla es un sitio adecuado para ultimar una mujer.  Muchas de estas víctimas habían formalizado sus denuncias en la fiscalía antes de ser asesinadas. La indiferencia del estado fue la respuestas, y con ella se acredita como cómplice de estos feminicidios.
Un Estado incapaz de proteger la vida de la mitad de la población, las mujeres, tiene una democracia pequeñita.