Amparo, una historia conocida

Amparo, la niña de 11 años embarazada por su padrastro y violada de forma reiterada desde los cinco, es una de las cientos de niñas preñada que llegan a nuestros hospitales.

La vecina da la voz de alarma, la tía pone la denuncia y Amparo pasa al sistema de salud.  Las reglas están dadas para desampararla. En el hospital se ocuparán de su salud durante  la gestación. Cuidarán el producto de la violación, para llevar a termino el embarazo y obtener un bebé sano. –Niña: abandona tu infancia, te toca criar un hijo, eres madre-, es el mandato.

Como niña embarazada que llega a los medios de comunicación, una lluvia de donaciones se derramará sobre tu embarazo; la iglesia y los grupos de poder asumirán el cuidado, eso sí, mientras esté preñada. Luego corre por su cuenta. Para alivianar la carga, la iglesia, propondrá ofrecer el bebé en adopción.
Es una historia conocida, muy conocida, demasiado conocida, desgraciadamente conocida.

Hace cerca de diez años escribi en este mismo espacio la columna “Esto no puede ser obra de Dios”, incluida en el libro Las Hijas de Nadie. Comparto algunos parrafos.

El que me mandó esta desgracia, el que puso esto en mi vientre, no puede ser el mismo al que le rezo el Salmo 23. Desde que me está creciendo la panza, mi vida es una desgracia. El cura me dice que es un designio de Dios, y por lo tanto tengo que aceptarlo. Mi Dios me ama, me protege, y vela por mi. Es incapaz de desear este infierno para su hija.

Cuando cumplí 9 años, papi me pidió que le chupara el pene, y lo ponía en mi parte. Me dijo que no podía decírselo a mamá. Si lo desobedecía me pegaría.
¿Por qué tengo que pagar tan caro ser obediente?.

Me sacaron de la escuela y no me dejan juntar con mis amigas, como si tener la panza crecida se pegará. Me siento apartada, aislada, por obedecer al que nos daba de comer.

A mis amigas no la dejan visitarme, y a mi no me dejan salir, ni a la puerta de la casa. Mis dos hermanitos, de 8 y 10 años me odian. Dicen que por mi culpa papi se fue de la casa, y ellos, al igual que yo, lo extrañamos muchos.

Le pido a Dios, morir de parto, y terminar con está desgracia, con está culpa, que no es mía. Lo prefiero a tener que cuidar este bebé que ha venido a destruir mi vida. Dios mío: espero puedas entenderme.